Érase un
hombre pobre, que vivía en un pequeño pueblo de la región de Vitoria en el País
Vasco. Todos le conocían como “asaltatumbas”, y no se llevaba bien con nadie.
Un día
yendo hacia la iglesia vio un ataúd sin el difunto, pero estaba llena de
dinero. Se metió dentro y fingió estar muerto, y todo el mundo empezaba a
llorar su “muerte”. Pasadas unas horas vinieron dos hombres de aspecto
sospechoso, uno de ellos iba con una pala y el otro con un saco. Entonces uno
de ellos dijo:
-
Señor,
creo que el difunto se ha movido.-
A lo que el
otro le respondió:
-No digas tonterías, esta muerto y punto.
Se disponían a robar la pequeña ataúd pero asaltatumbas se
levantó y los ladrones salieron huyendo despavoridos.
Entonces le recompensaron por haber ayudado a detener a
los ladrones. Entonces dijo:
-Eskerrikasco.
Fin.
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